Cosas que no comparto con nadie


Imagen de Mayan Toledano

Cuando hablo sobre mi canal siempre explico que uno de los motivos que me animó a abrirlo era mi imperiosa necesidad por compartir todo aquello que me gustaba o me fascinaba. Harta de marearme sola la cabeza o de dar la paliza a personas de mi alrededor que quizás no compartían del todo ciertos de mis intereses decidí lanzar aquellos mismos al mundo. Es gratificante, desde luego. He encontrado muchas personas con mis mismos gustos y me he contagiado de los gustos de otras. Soy feliz compartiendo y dejando que compartan conmigo y es una práctica que pienso seguir llevando a cabo. 

Menos esas veces. 

Porque, os voy a ser sinceros, a veces me gusta callarme algunas cosas, guardarlas bajo llave "sólo" para mí. Eso no implica que si otros las descubriesen o disfrutasen de ellas no estaría igualmente encantada de compartirlo, pero seguramente no sea yo quien inicie esa situación. 
A veces quiero disfrutar sola de ciertas cosas, aunque sea una soledad ficticia. A veces me topo con algo que me descubre más de lo que descubro yo y decido dejarlo estar. Y si algo cambia entonces, quizás, en algún momento (el indicado), pueda compartirlo. Siempre recordaré la mañana en la que, en una hora libre entre dos clases, me fui a la biblioteca de mi facultad. Encontré de pura casualidad un libro, lo cogí y empecé a leerlo in situ. Me fascinó. Me impactó tanto que puedo jurar que el mundo había cambiado cuando levanté la cabeza. Entré en la siguiente clase siendo consciente de que todo era diferente y yo era la única que se había percatado. Era casi como tener un súper poder, una especie de visión especial. Todos se estaban sentando en sus sitios de siempre y actuando con normalidad ¡No eran conscientes de nada! Recuerdo haber sonreído como aquel que lo hace disimuladamente, a sabiendas de ser poseedor de una jugosa información que nadie más conoce; como cuando tienes las cartas perfectas para ganar el juego pero no quieres que tus oponentes se percaten.
Y soy afortunada, porque he tenido la suerte de vivir otros momentos así. Uno, por ejemplo, fue con una película. En cuanto salí de verla no andaba por la calle, flotaba. Todos parecían andar con normalidad y, por supuesto, sin darse cuenta de que yo estaba andando a unos centímetros del suelo. Mi único cómplice parecía un músico callejero que escogió la canción adecuada en el momento adecuado, como si hubiese estado esperando a que yo pasase por allí. Como si estuviese todo fuese producto de un plan perfectamente coreografiado. 
Así que yo, que siempre comparto lo que adoro, hoy vengo a hablaros sobre lo que me guardo. Espero que podáis perdonarme y que vosotros, también, hayáis sentido que habéis caminado sin tocar el suelo alguna vez. 

2 comentarios:

  1. Hola Violeta:

    Tu entrada me ha recordado al paradójico libro de Elvira Lindo titulado "Lugares que no quiero compartir con nadie".
    Entiendo lo que dices, a mí también me pasa a veces y creo saber por qué es: me parece que cuando sentimos ese algo tan especial por un libro, una peli, una canción, una obra... lo que sea, en el fondo tememos que si lo compartimos con los demás y ellos no sienten lo mismo que nosotras, nos sentiremos un poco defraudados, por eso preferimos guardárnoslo para nosotras.

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